No somos tan malos | Ángel Soledad

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‘No somos tan malos’ de Ángel Soledad: la honestidad de una voz criminal que desconoce la corrección política

¿Qué podemos esperar de una novela que inicia haciendo referencia a una de las relaciones padre-hijo más complicadas de la historia de la humanidad?

La advertencia fue realizada, es momento de abrir las páginas de «No somos tan malos» y adentrarnos en la mente del casi Licenciado Roberto Cardoso, hijo del Licenciado Roberto Cardoso, un hombre que maneja el auto de su padre, subarrienda a su novia un departamento de su padre y trabaja (por supuesto) como contador en la empresa de su padre. Pero… ¿qué pasaría si la intención de controlar las cuentas bancarias de su progenitor, fuese una estrategia premeditada?

“Recuerdo a mi padre tumbado en su sofá, con los ojos cerrados escuchando a todo volumen a Brahms. Nadie ni nada podía interrumpirle mientras se embriagaba con whisky. Se volvió una costumbre que llegué a creer que era normal en cualquier hombre, vivir ebrio, «porque el trabajo es estresante». Lo aprendí una vez cuando tenía unos cinco años e intenté llamar su atención durante un instante para que jugase conmigo un rato. Él escuchaba Concerto en Re Mayor para violín y yo tiré de la manga de su camisa y le miré con alegría:

—Papá, ¡juega conmigo!

Entonces, me miró azorado, se levantó del sillón, se tomó su tiempo para dejar su whisky sobre la mesita y me agarró fuertemente del brazo y me dijo:

—Me jodo todos los días en el trabajo para que tú y tu mamá vivan como reyes y tú, maldito mal agradecido, vienes y me jodes… ¡En domingo! Escúchame bien: nunca ¡nunca! Me jodas mientras escucho a Brahms.”

Con una destreza envolvente, que cautiva desde las primeras páginas, Ángel Soledad, la autora de ‘No somos tan malos’, nos seduce hacia las profundidades lúgubres y cavernosas de una mente desesperada, con la honestidad de una voz que desconoce la corrección política.

Descripciones de escenas trágicas, que rozan el límite de lo poético (“—la tomé del cuello, el palpitar de su carótida latía suavemente y entraba lentamente por mi dermis hasta llegar a mi corazón. Éramos uno, y no era su palpitar sino el mío, porque ella ya estaba muerta.”), obras de arte que se convierten en referencias visuales (“Su cabellera pelirroja se meneó como en un óleo de Munch)” o sonoras (“—Entonces, se arrodilló y me miró a los ojos (¡qué belleza sus ojos!).

Era como escuchar Love Story de Beethoven.”) y libros de cabecera que complementan las intrincadas reflexiones del protagonista (“Intentaba concentrarme en vano en las palabras desquiciadas de Calígula: «Los hombres mueren y no son felices». Aquellas palabras retumbaban en mi cabeza mientras pensaba en el rostro de cera de Ariadna. ¿Es que acaso ella fue feliz? ¿Qué es la felicidad?”).

Un hombre visceral y resentido, que, despreciado por su padre, ignorado por su madre y traicionado por la mujer que ama, huirá en una nebulosa de remordimientos y excesos, atravesando a su paso las ciudades y costas de México, en un intento desesperado por ahuyentar a los fantasmas de su pasado.

¿Qué fuerzas profundas determinan las acciones de las que no podemos volver atrás? ¿Es posible conocer verdaderamente a alguien a través del relato que tiene de sí mismo? Una novela que, con la esencia cinematográfica de un falso documental, nos invita a advertir en las cavilaciones del protagonista, las señales sutiles, que nombran todo aquello que a simple vista no se ve. 


Editorial: La Palabra Púrpura

Género: Misterio, suspense, novela psicológica

Páginas: 284

ISBN: 978-1-8383558-0-7


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Ángel Soledad

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