El siglo soviético | Karl Schlögel

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La clave de «El siglo soviético» está en el subtítulo que reza así: ”Arqueología de un mundo perdido. Los testimonios escritos están a menudo mediatizados por los intereses personales de los poderosos, y escribir la historia desde esa única fuente es aceptar la manipulación.

Es por eso que Schlögel toma como elemento de apoyo fundamental una visión arqueológica del mundo que analiza, buscando una fuente más objetiva e inexpugnable, el último reducto de la verdad.

SINGULARIDAD

El resultado es un libro diferencial que trata de anteponer lo irrefutable (los objetos) a siempre sospechosa documentación escrita. El autor, según declara en la introducción, trata de seguir el método que enunciara Walter Benjamin en sus “Pasajes”: No tengo nada que decir. Sólo que mostrar.
Pero la manera de mostrarlo es lo realmente importante, porque la forma es parte del contenido. Walter Benjamin eligió el formato literario.

Karl Schlögel elige un texto exento de literatura, apoyándose en lo que los arqueólogos llaman la cultura material. Y lo hace a la manera de un escaparatista que enseña por separado el continente y el contenido. Ahí basa su especulación, con ambos componentes sobre el tapete. Construye secuencias narrativas que nos muestran el universo sin estrellas de un sueño fracasado. No se dedica, por tanto, a comentar las fotos del histórico derrumbe, el paisaje después del tornado donde conviven colectores de desagüe con objetos de aseo personal. Para ello, hubiera bastado un álbum fotográfico (que, por cierto, ya existe. Ver, por ejemplo la edición de , EL SIGLO SOVIETICO/THE SOVIET CENTURY. Editorial: LA FABRICA).

MAS SOBRE EL MÉTODO

Pero la interpretación del mundo de los objetos y de las formas exige subir un peldaño hacia el entorno social e intelectual. Ahí, Schlögel muestra un conocimiento muy profundo de la historia y del pensamiento en que se apoyó el desarrollo de la nueva sociedad soviética. Por eso, el libro admite derivaciones hacia notas biográficas como las de Otto Neurath cuando Schlögel entra en la iconografía de la remodelación de los modelos urbanos.

El capítulo de “Circulo de Viena y las ciudades”, por ejemplo. También, sobre la de Eduard Berzin, personaje de extraordinario interés, alma mater de la puesta en marcha del complejo de Vishera (Kolimá). Schlögel trata con mayor profundidad incluso que Anne Applebaum en su obra de referencia (Gulag) la figura de Berzin. La erudición como recurso, y no solo en lo que corresponde a la parte técnica, sino en el acompañamiento intelectual.

Por eso, nos adentra en un universo del que no hemos tenido muchas noticias porque la historia de la revolución rusa se enfocó primariamente en unos acontecimientos que fueron tan grandes en tamaño como en número, por lo que su análisis ha prevalecido sobre cualquier otro enfoque. Muchas de las preguntas que nos hemos formulado en occidente no han tenido respuesta en los historiadores.

Por ejemplo: ¿Como vivía la sociedad moscovita en 1960 cuando el 60% de la población vivía en Kommunalkas?¿Cómo se organizaron en esa perpetua incomodidad de utilizar cocina, aseos, agua, electricidad etc. en viviendas compartidas y con espacios reducidos? ¿Qué libros de cocina usaban, qué perfumes, qué parques visitaban, qué jardines eran los favoritos, qué enciclopedias consultaban?

Schlögel abre «El siglo soviético» con un breve e impactante capítulo sobre los fragmentos del imperio soviético, un imperio recién hecho añicos, desparramado por “rastrillos” de segunda mano, mercadillos, puestos de almoneda, lugares de trueque, objetos expuestos en los bazares o “ barajolka”. Nos enseña el del “Séptimo kilómetro”, en Odessa, el de Luzhnikí en Moscú, el del parque de Izmailovski, etc. Matrioskas, samovares, iconos, retratos de Kolchak, y Denikin, bustos de Lenin, carnets de Kommosol, álbumes de fotos, retratos de familia, boletines escolares, camas de latón, biblias en folio, cristos de madera.

Lo que hace del libro un documento sugestivo es la reconstrucción del entorno de los objetos, lo que hemos apuntado como una elevación de tiro hacia lo erudito para llegar al continente primigenio, ya sea a través de su historia inmediata o de su historia ancestral. Pinceladas que toma de aquí y de allá, unas veces por su referencia temporal, otras por sus hechuras o por su técnica de construcción, otras por la manera en que los artesanos transformaron los objetos en útiles.

De este modo, lo que podría aparecer como un catálogo aduanero de curiosidades se convierte en una enciclopedia de sucesos, de historia viva. En la página 31 y 32, por ejemplo, habla de los muebles. Propongo al lector que lea estas dos páginas y si se siente atrapado por el modo de narrar del autor, le garantizo una lectura seductora.

KOLIMÁ Y SLOVNIK

En su objetivo de limitarse a ser observador ilustrado se centra en los testimonios sobre lo incuestionable (mostrar los hechos). En el caso del Gulag son El Frío y el Hambre. Para este propósito utiliza referencias de los prisioneros. Recurre a los testimonios de Shalamov y Ginzburg que no son meras opiniones, sino auténticos registros notariales del mismo frío que sintió el Iván Denisovich de Solzhenitsyn. El frío que convierte la vida de los presos en un infierno. (como dice Shalamov -cito de memoria-: Kolimá: donde hay once meses heladores y el resto es invierno).

Nos ofrece, además, un complemento que no conocíamos sobre Eduard Berzin el creador del complejo de Vishera en el Gulag, el creador de Magadan, la terrible ciudad receptora de presos y campo de transición que tan bien retrataran tanto Ginznburg en Vértigo como Shalamov en sus Relatos de Kolimá. Berzin acabó, inexplicablemente, fusilado tras las purgas que se desataron a la muerte de Kírov.

Teníamos un extraordinario interés por Berzin, al que Shalamov no conoció más que en su cometido de jefe del Dalstroi. Anne Applebaum en su GULAG adjudica a Berzin el mérito de haber suavizado algunas normas del régimen concentracionario, pero tampoco nos dio muchas noticias de la historia personal de Eduard Berzin.


RETAZOS DE HISTORIA


El acompañamiento de los comentarios a los objetos se nutre del interés por la propia historia. Schlögel escoge profundizaciones en temas menores. Así que cuando habla de los libros, nos remite al desarrollo de la terrible enciclopedia “basada en el sovietismo” Las depuraciones ideológicas de una redacción sometida por los censores a revisiones continuas.


LUBIANKA


El siglo soviético cambió de nombre la plaza de la Lubianka por el de Félix Dzerjinski, un personaje malvado, e ilustre chequista, a quien Lenin le puso al mando de la represión debido a su amplia experiencia como huésped de las prisiones zaristas. Dzerjinski llenó de ruido y furia los hogares de los disidentes, los murmuradores y los descontentos. La retirada en el año 1994 del nombre de Félix Dzerjinski reponiendo el antiguo de Lubianka, no fue más que la permuta de un nombre aterrador por otro.

EL RUMOR DEL TIEMPO

Espléndido capítulo donde se habla de la destrucción caótica de las campanas que sembraban el imperio y que era un distintivo señalado de la vida cotidiana rusa. Aquí, a veces, toma Schlögel un tono histórico-poético aunque nunca abandonando su papel de historiador. El acto supremo de reeducación de las masas fue quitarle el corazón al pueblo, y las campanas eran parte de la liturgia espiritual de los humildes. La requisa de los iconos y la persecución de los religiosos son otra muestra de ello. La destrucción de la Catedral de San Salvador es un hito en esta sucesión de desmanes. Fue reedificada ochenta años después durante el mandato de Kruchev.

LA CASA DEL MALECON


Coincide aquí en detenerse en lo que Slezkine llamó La casa del Gobierno (publicado por Acantilado con el título La casa eterna, y reseñado en esta web) Slezkine hace un ejercicio de regresión lineal tomando en consideración las opiniones de todo un universo de personalidades de urbanistas y des-urbanistas del momento y de autores literarios. Un universo moteado de opiniones, muy al estilo suyo tan personal, y pasan por su trabajo autores y personajes de Platónov, Ehrenburg, Pliniak, Kataiev, Gladnov, etc.

La aproximación de Schlögel se centra en el método Benjamin Walter, ya mencionado, aunque nos incluye una página demoledora sobre las mudanzas obligadas de inquilinos tras las purgas del 37, unos, camino del paredón, y otros, de los campos. Hay también coincidencias, pero no repeticiones, porque aunque se fijen en los mismos objetos son ojos de distintos observadores.

RITUALES


Le dedica a este tema todo un capítulo amplio que detalla los desfiles, discursos y coreografía de los actos privados y públicos, con temas tan comprometidos como la secularización de las fiestas religiosas, la sustitución del día de Navidad por la celebración de año nuevo, el establecimiento del Día de la cosecha o la jura de ideales de los Kommosol. Ritos cotidianos que incluyen desde las bodas a la singular rutina de las colas, sin olvidar la moda y la vestimenta.
«El siglo soviético» es por tanto un gran libro, sin duda, con un trabajo ímprobo que hay que agradecer sinceramente a Karl Schlögel

Isidro M. Gimeno

Otras reseñas publicadas en esta web sobre la historia rusa del siglo XX
La insumisa. Yevguenia Yaroslávkaia-
Los días malditos. Ivan Bunin
La Casa eterna. Yuri Slezkine
La palabra arrestada. Vladimir Shentalinski

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