“El Mal que no vemos” es un thriller psicológico que tiene un comienzo desconcertante, inquietante y confuso.
El autor nos sume en una vorágine de acontecimientos aparentemente sin ninguna relación, raros y difíciles de comprender. Poco a poco la narración encara un camino menos extraño, aunque cuesta tomar la medida a una serie de circunstancias contadas de manera rápida y sin pausa alguna, pasando de un tema a otro con excesiva rapidez y sin muchas explicaciones. Este desorden inicial se va aclarando paso a paso, no sin dificultad, pero el autor con una inexplicable habilidad va uniendo lo que parecía un imposible.
La primera conversación entre la protagonista Julia Salvatierra, psicóloga especializada en hibristofilia y, al parecer, un “iluminado”, a ella no le aclara nada y a nosotros nos deja en la oscuridad más absoluta y con la duda de si la psicóloga forense, Julia, se encuentra bien o no tanto. Algo sucedido en el pasado la mantiene todavía aterrada y por momentos, bloqueada. La incorporación a la narración del inspector David Baena comienza a darle al relato algo de coherencia y nos hace pensar que al menos algún personaje es normal.
La comisaría del Distrito Sur de Sevilla se hace cargo del caso de “El viajero del tiempo”.
Julia, nictofóbica y que ha desarrollado además una acusada claustrofobia al estar encerrada durante dos días en la oscuridad del maletero de un coche, no confía en sí misma. Perdida y sin voluntad ni fuerza mental suficiente para enfrentarse a una nueva investigación, y ella lo sabe.
En un pasado todavía muy cercano para poderlo olvidar, fue torturada y casi pierde la vida a manos de un psicópata. A punto de lograr reiniciar su vida anterior con normalidad éste nuevo caso para el que ha sido llamada de urgencia le ha perturbado y en un momento determinado decide renunciar. Duda de sí misma. Tiene un miedo cerval al mero hecho de enfrentarse a la vida. Su día a día le resulta penoso, difícil.
La escritura de Cherbuy tiene fuerza; apoyada en sus personajes, ejerce una fuerte atracción. Hay una meritoria conexión “visual” entre Alba /Baena/Julia/ Comisario, que atrae en un juego silencioso entre barreras que van cayendo. La vida de cada uno de ellos con su sufrimiento incorporado, desprende un inequívoco magnetismo.
De qué trata “El Mal que no vemos” de Carlos Cherbuy Rivera.
La narración se desenvuelve entre intereses criminales, la oscuridad que los envuelve y los planes para llevarlos a cabo. Sevilla, en la actualidad. Un hombre joven acaba de matar de una cuchillada a un niño, en el hospital donde acaba de nacer, en presencia de sus padres. Es detenido. Julia Salvatierra, reconocida psicóloga forense a nivel internacional, es reclamada para evaluar al detenido, el cual sólo alega que viene del futuro con la orden de matar al niño, un futuro genocida a quien compara con Hitler.
La Prensa se hace eco de inmediato del suceso y comienzan las especulaciones. Julia, a pesar de su bajo estado anímico comienza a trabajar estructurando los hechos hasta ahora conocidos e intentando penetrar en la mente del criminal. En otra comisaría de la misma ciudad al inspector David Baena le acaban de encomendar la investigación de un asesinato.
Pero si hasta aquí la narración, aún provocando extrañeza, ha despertado nuestro interés y ha ido aumentando una intriga que ya en su comienzo había conseguido, es ahora cuando alcanza un nivel extraordinario, porque el nudo del relato es impresionante. Julia y sus traumas, el asesino y su pasado, el inspector, separado y con un hijo y “el topo” con su particular guerra contra la mafia, logran que la novela cambie su cara. Porque las cosas, muchas, se forman y deforman con frecuencia, al entrar en contacto unas con otras. Las expectativas se abren a multitud de posibilidades.
El autor, cerrado el planteamiento y su ardua exposición ha optado por ir uniendo los hilos y todo se va transformando. Julia Salvatierra ha cambiado y aún con algún altibajo producido por ansiedad, stress y amenazas, sus miedos han desaparecido. Con ella David Baena y su equipo, la subinspectora Alba Gutiérrez y Chueca, consiguen que el pulso del relato cambie y con él, la novela.
El cambio de Julia, la incorporación de Baena y la subinspectora Alba Gutiérrez, las idas y venidas del topo para servir a unos y deshacerse de otros, hacen que la narración de un cambio total. Yo no sé si el escritor lo tenía pensado o han sido los mismos personajes los que le han inducido a ello. Como los intereses de unos y otros van cambiando, el lío que se forma es monumental mientras cada cual intenta mantenerse sin saber ni donde se encuentra.
Amigos y enemigos a la vez. Sicarios que sirven al mismo capo sin saberlo y con una misma misión que, a su vez, les enfrenta, hacen que la actitud de cada uno cambie con asiduidad. Los engaños mutuos desencadenan un sinfín de situaciones anómalas. Sus consecuencias dejan a todos atónitos, dejando en suspenso cualquier reacción. El enredo que Carlos ha logrado es gigantesco y tremendamente entretenido. La intriga ha desaparecido, no existe, está superada y ha dado paso al estupor. No hay respuestas. Lo que ocurra a partir de ahora es impredictible.
Carlos Cherbuy, sin respirar, aún tiene tiempo para dejar retazos de algo obvio, pero que se ignora a propósito. Acierta en ello. El poder despierta la ambición, la legalidad desaparece. Ya no hay más pasos. Están todos dados. A partir de ahí comienza la caída, porque el dinero corrompe lo que toca y surgen los acuerdos, conversaciones y ententes con quien no se debe, hasta que en un instante lo pactado se rompe y todo estalla.
Carlos pone a la narración otro disfraz, el de enigmática porque lo que plantea ahora es el tema de las dobles intenciones, que en realidad encierran sólo una, dando otro tono al relato. Una atmósfera agobiante y espesa se va deslizando y envolviendo un relato que nos mantiene alerta.
Que en las últimas páginas se incorporen a la trama nuevos personajes tiene su peligro, pero cuando asuntos escabrosos que conllevan sangre se complican, las soluciones adoptadas concitan más sangre lo que a la larga empeora las cosas. No parece importarle a Carlos que todo se embrolle hasta el límite, lo afronta con una seguridad y un buen humor envidiable, porque la narración, negra en su totalidad lleva implícita un humor soterrado muy negro.
La trama que se enreda un poco más cada capítulo, no se priva de incluir también un núcleo mafioso de indeseables medio tarados que interviene a su manera arreglando sus desperfectos y consiguiendo unos “resultados extraordinarios”.
“El Mal que no vemos” hay que leerla despacio. Sus cambios son constantes. Los recovecos que encierra mantienen el suspense. Imposible predecir, ni siquiera intuir, que sucederá. Nada que ver con su inicio que puede parecer algo alocado e incluso anodino. Sobre un escenario que parece multidimensional se multiplican constantemente las probabilidades.
Los intereses coincidentes de unos dejan de serlo, se cruzan con otros y chocan de manera violenta, hasta que se buscan las soluciones extremas. Tensión eléctrica a punto del cortocircuito, del apagón total. El tiempo ha sido pausado. Lo escrito por Cherbuy terminado el primer tercio es otra novela. Ingeniosa, el escritor le ha dado una vuelta de tuerca extraordinaria en la que todo se ha quebrado y nadie parece haberse enterado.
Con un largo e “in extremis” final, pleno de sobresaltos, Cherbuy da por finalizada la que creo que es su primera novela. Tiene recorrido.
El comentario de un lector que firma como José M. en la publicidad del libro en Amazon define a la perfección la principal característica del autor y de la novela “Vaya capacidad para tener 33 frentes abiertos y conseguir hilarlos todos”. Pues eso.
Carlos Cherbuy Rivera, periodista, aboga en forma de alegato por el “buen periodismo”; el veraz, el honesto. Periodismo necesario para que se conozca la verdad, expuesta a la luz, que sea objetivo, sin máculas ni influencias que lo desvirtúen.
EL MAL QUE NO VEMOS.
Autor: Carlos Cherbuy Rivera.
Fecha de publicación: 2 marzo 2026.
Editorial: Publicaciones Independientes.
Género: Thriller Psicológico.
Páginas: 443.
