La Isla de los Conejos - Elvira Navarro

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La Isla de los Conejos

"La Isla de los conejos" es un conjunto de 11 relatos en el que el segundo de ellos da título al libro.

Dichos relatos no están unidos por un denominador común, aunque parece haber una intención de la autora de que sí lo estén. Ese aparente denominador común es la distorsión de la realidad y la aparición de lo fantástico con mayor o menor intensidad.

La primera consideración que extrae el lector de esta lectura  es que el talento por sí mismo puede llevar a sitios distintos, unos de calidad y otros no tanto; porque el libro se compone de dos grupos distintos de relatos, dos tendencias distintas que a veces, incluso, conviven en el mismo relato.

La de calidad es precisamente la de aquellos en los que ésta distorsión aparece más difuminada o está casi exenta. Como ejemplo, el que inicia la serie: "Las cartas de Gerardo", o "Regresión". Son relatos notables, donde aparece la personalidad de la autora, su singularidad, y que ameritan de largo la lectura del libro.

Cita especial merece el relato número 7 del índice, "Notas para una Arquitectura del infierno". En éste se muestra esplendida la capacidad de la autora para escribir a caballo de la inspiración. Se adivina una escritura rápida, llena de aliento, posiblemente muy "al tirón", y recuerda en algunos momentos la capacidad de Baroja o de Singer para jugar con un catálogo interminable de detalles tanto descriptivos como mentales. Esa capacidad no es usual y es un don que le facilita poder expandirse sobre el relato sin necesidad de ir repensando cada línea. Bueno, ya sabemos que el trabajo corrige, pero lo que realmente llena los folios es la inspiración.

El otro grupo de relatos tienen aparentemente una difuminada raíz cortazariana, o su impronta. Me refiero al Cortázar de "Bestiario". "La isla desierta" o "Casa tomada", que pueden haber funcionado como impulso en algunas instancias o como motor de arranque porque, luego, Navarro se adentra en un particular mundo que nos lleva a cierta perplejidad y a un punto de desasosiego que si fuera la intención de la autora lo podría dar por conseguido. No sabemos si el desarrollo se mueve en el terreno de lo tenebroso o si es intimista, en el sentido de ahondar en las debilidades y los miedos que se guardan en ese cuarto oscuro que los seres humanos tenemos en nuestro pasado o en nuestra niñez.

La composición formal

Navarro parece partir de una nebulosa, tal y como R. J. Sender explica acerca de su manera de progresar en un relato. Esa nebulosa algunas veces es simplemente un núcleo que agrupa en sí mismo el planteamiento, nudo y desenlace. Por ejemplo, "París, périphérie";  un relato que empieza ya con el inicio del nudo, ahonda brevemente en el nudo y termina antes de acabar el nudo. Arquitectura, pues, comprimida y algo exótica. Navarro utiliza el recurso de distorsionar la materia prima, el elemento sustentante; de esa manera el producto final contendrá de manera inevitable una deformación de origen.

El autor y su búsqueda

Siguiendo con el grupo de relatos que podríamos nominar "el grupo más complejo", el lector se queda con la sensación de que le están mostrando un terreno de difícil interpretación. No se sabe muy bien cuál es el propósito del autor, pero lo que lo diferencia del realismo mágico o del relato puramente fantástico es su coqueteo con el desagrado. Relatos como "Estricnina", "Encía" o el mismo "La isla de los conejos" comparten esta característica. Adicionalmente, este grupo de relatos está vacío de emoción humana, deliberadamente esterilizados como si estuvieran escritos desde un estricto deseo de exploración. O quizá desde una intención más intelectual que a lectores como el que esto escribe puede escapársele.

Esperamos con interés la siguiente entrega de Navarro. Quizá ponga el talento de su perforadora a trabajar sobre un terreno menos pétreo, más asequible. O quizá el desarrollo de su indagación le lleve a un terreno más comprensible. Pero eso es algo que, como es de rigor, pertenece al ámbito de su decisión.


Puntuación:

7.5

Por: Isidro M. Gimeno

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