El eco del asfalto | Ricardo Baró

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“El eco del asfalto” se inicia con un prólogo nocturno y silencioso pero que habla y dice mucho.

La novela es la lucha de un hombre contra el sistema, contra la corrupción institucionalizada que se autoprotege desde instancias superiores. Una situación tensa, provocada por un asesinato, se desplaza entre despachos con un contenido con diversas intenciones.

Lo que fluye entre conversaciones telefónicas veladas y contactos que provocan inquietud y nerviosismo, es la caída de todo un entramado de corrupción, que, como es lógico, los interesados intentan evitar por cualquier medio y a cualquier precio; y más allá, la lucha de un inspector de la policía, anímicamente roto, cuyas razones desconocemos, enfrentado solo y desprotegido, a una organización criminal que lo conoce, amenaza y lo tiene en su punto de mira. 

Ricardo Baró ha escrito una novela técnicamente perfecta. El enfrentamiento de dos fuerzas. Ambas se conocen. Se observan. Al inspector le toca probarlo, tiene los medios; a los criminales, evitar como sea, que su investigación avance. Las amenazas se suceden y Zubiri se protege. Su conocimiento de quien forma el tejido criminal le concede una ventaja sustancial. Pero la sombra de la red es demasiado larga y controla sus pasos y actuaciones. Zubiri, analítico y completamente conectado con el trabajo tiene claros los pasos a dar.  

De qué trata “El Eco del asfalto” de Ricardo Baró.

Vitoria. De madrugada, bajo una lluvia fría y persistente que, fiel acompañante, no abandona la narración en ningún momento, Iñigo Zubiri recibe una llamada. Una pareja de agentes en una ronda habitual por un polígono industrial descubre el cadáver de hombre. Un disparo en la nuca, una ejecución clara efectuada por un sicario. La forense Ester Bolaños hace su trabajo, metódico, limpio, aséptico y el cadáver, ya frío, se retira.

El nombre de una persona desaparecida hace dos años, Mikel Olasagasti, se encuentra escrito en un papel en uno de los bolsillos del fallecido. Ese nombre le hace recordar a Zubiri la investigación que se abrió en su momento y que, sobreseída de inmediato, terminó antes de comenzar. La casualidad, o algo más, se impone cuando la empresa en la que trabajaba el muerto es la misma que la del desaparecido y un nombre se repite, Constantino Rekalde. Y el inspector recuerda.

Una carpeta archivada desde entonces que no permite a Zubiri vivir y dormir tranquilo. Una carpeta que no debería haber visto, con nombres y conexiones imposibles. El muerto es la conexión. El descubrimiento de un testigo con una memoria USB que contiene algo más que material sensible obliga a Zubiri a protegerle en contra de unos y el desconocimiento de sus superiores.

La narración es seria, entretenida y muy interesante por el enfrentamiento a cara de perro, frontal y abierto buscado por el inspector, con los responsables del asesinato cuya situación profesional les supone inmunidad. Falta probarlo, pero pruebas hay y Zubiri las conoce. La red criminal se mueve rápido consciente de que las cosas pueden cambiar si no hay algo que las frene. Y aquí es donde la mano de Baró se nota más y como en todo buen relato hay puntos que destacan y sostienen una narración, haciéndola creíble.

El autor consigue meternos en la narración y absorbernos en ella desde el principio mediante su personaje, el inspector Iñigo Zubiri, un hombre solitario, seco, sin relaciones, del que desconocemos absolutamente todo, entregado al trabajo y con un sentido de la ética que ni se plantea. Innato, está ahí y le basta. Su actuación profesional responde únicamente a su honestidad personal. Baró ha basado toda la fuerza de la narración en él y en la perfección del escenario creado.

Alicientes suficientes para afrontar la lectura con garantías y confiar en ella. Y desde luego no defrauda. El personaje ha devuelto al escritor la perfección de su creación con creces. Un hombre frágil con el ánimo roto, pero duro y que no acepta que se le quiera esconder, ni la verdad oculta ni la maldad conocida. El enfrentamiento con sus superiores es frontal, directo, sabiéndose manchados y culpables no pueden evitarlo y eso les obliga a respetarle. E Iñigo lo sabe.

El personaje recuerda mucho a los detectives americanos de mediados del siglo pasado, perdedores, con un whisky en una mano y un cigarrillo en la otra, desencantados de una vida que en lo personal roza el desastre.

El escritor se ha metido en el personaje de tal manera que se ha convertido en él, como si Iñigo Zubiri en un momento dado le hubiese arrebatado el pensamiento y las ideas y él se hubiese  dejado hacer. “Aparta Ricardo, que sigo yo”. No es el primero, cuando la conjunción entre personaje y escritor alcanza esa magnitud, el autor se da cuenta y algo cambia en él. El personaje habla, también tiene algo que decir; es la evolución del pensamiento.

Zubiri se queda sin alternativas, sin opciones. El camino que inicia no tiene retorno. La narración, consistente, es impredictible. Cuando el tornillo cede ante la última presión de la tuerca, el miedo, las dudas y la incertidumbre desaparecen. La decisión está tomada. Algo se rompe y produce consecuencias. El inspector afronta una misión de locura a sabiendas de su extrema peligrosidad.

Hay casi algo personal en la narrativa de Ricardo Baró. La primera conversación del inspector con el comisario Huesca donde le inocula el miedo y hace tambalear el juicio de éste. La conversación con la forense Ester Bolaños en la sala de autopsias, la que mantiene con su compañero Vizcaíno en el viaje de ambos a Logroño, en todas ellas afloran sentimientos.


EL ECO DEL ASFALTO.
Autor: Ricardo Baró.
Fecha publicación: 25 junio 2026.
Género: Novela Negra.
Páginas: 302.
Editorial: Atreyu Servicios Digitales.


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